Educarte para valorarte

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jueves, 30 de marzo de 2017

Atender para aprender

Aquellas tediosas mañanas en 3º de la ESO…

Todavía recuerdo aquellas clases de Conocimiento del Medio cuando estaba en 3º de la ESO. La profesora llegaba, abría el libro y decía: “Vamos a subrayar” y nos pasábamos los 50 minutos que duraba la clase subrayando en el libro los contenidos que ella consideraba importantes. 50 minutos seguidos, exceptuando algún momento en el que hacíamos ejercicios del libro que consistían en responder preguntas del texto en las que solo había que localizar la respuesta y copiarla tal cual en la libreta. Recuerdo que me era imposible mantener la atención durante toda la clase y siempre terminaba hablando con mis compañeros. -¡Calla y atiende!- me recordaba la profesora. Esto en el mejor de los casos. En el peor me mandaba deberes extra para casa. ¿Cómo me sentía yo? Frustrado, aburrido y desmotivado. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué no era capaz de prestar atención si me consideraba un “buen” estudiante? Pues básicamente porque ni yo ni mi profesora sabíamos mucho sobre cómo funciona la atención.

¿Te apetece saber un poco más sobre este mecanismo tan complejo de nuestro cerebro, pero a la vez tan imprescindible para el aprendizaje? Si es así, ¡sigue leyendo!

¡Habla sobre ti!

Empezaré dándoos una pequeña pista y es que… Somos seres sociales y, por tanto, nuestro cerebro también es social. Por ello, cuando oímos anécdotas de otras personas, ya sean conocidas o desconocidas, se nos conectan automáticamente diversas zonas del cerebro que en conjunto conforman este llamado cerebro social. ¡Me has pillado! No he empezado escribiendo esta entrada hablando de mí mismo por casualidad, sino que hay una intención detrás: atraer vuestra atención. Sí, hablar de uno mismo puede ser una buena estrategia para recuperar la atención del que nos oye o, en este caso, lee. ¡Anda! Pues aquí tenemos una primera técnica para emplear en nuestras clases. Contar anécdotas propias no solo atraerá la atención de tus alumnos y alumnas, sino que además te permitirá conectar con ellos mejor y crear vínculos afectivos más sólidos.

Como puedes ver, he mencionado la palabra cerebro y es que para entender mecanismos como la memoria, el aprendizaje o la atención, es necesario recurrir a los aportes que la neurociencia ha hecho a la educación en las últimas décadas. ¿En qué consiste, pues, la atención?

Un recurso limitado

Realmente buscar una respuesta única a esta pregunta resultaría un esfuerzo en vano, ya que en la atención intervienen una gran variedad de factores que utilizamos continuamente en nuestra vida cotidiana, tales como seleccionar a qué estímulos queremos dar prioridad, controlar nuestro comportamiento, etc. Ante todo, es importante tener muy en cuenta que la atención es un mecanismo muy limitado.

Existen tres tipos de atención (de alerta, de orientación y ejecutiva), pero aquí me centraré en la ejecutiva, ya que es la que más implicaciones educativas tiene. ¿Por qué? Porque está asociada a la autorregulación y permite al estudiante focalizar la atención de forma voluntaria descartando estímulos que no son relevantes. Por ejemplo, seguir las explicaciones del profesor.

¡Sorpresa!

Además de ser sociales, los seres humanos también somos curiosos por naturaleza. Las nuevas técnicas en las que se visualiza el cerebro han demostrado que lo novedoso, los estímulos visuales y, en general, todo aquello que nos resulta sorprendente, capta nuestra atención. Y es que el “factor sorpresa” activa y mantiene la atención, en este caso, de alerta, que nos permite fijar los pensamientos y las respuestas en el problema planteado. Por tanto, ¿cuándo crees que es importante introducir elementos sorpresa en nuestras clases? Los últimos estudios en neuroeducación demuestran que recordamos mejor lo que sucede al principio y al final de la sesión, así que si tenemos este factor en cuenta, es más relevante incluirlo al comienzo de nuestra clase, ya que así lo que haremos será abrir el foco de atención de nuestros estudiantes de forma natural, aunque esto no quiere decir que después no tengamos que seguir intentando mantenerlo. Recuerda, ¡la atención es un recurso limitado!  ¿No te resulta curioso? ¿Cuántas veces has comenzado tus clases repasando contenidos de la clase anterior o dedicándola a corregir deberes? Prueba a darle la vuelta y a empezarlas introduciendo una pregunta abierta, un juego, un vídeo que conecte con la realidad de tus estudiantes, algo inesperado, un debate, un conflicto cognitivo… y verás cómo responden los cerebros de tus estudiantes. ¿Y el final de la clase? Es la parte de la sesión que nos hace llevarnos un buen o un mal sabor de boca de lo vivido. Además, suele ser cuando los estudiantes suelen estar más cansados y, por tanto, más desconcentrados. Por ello, dedicar esta parte de la sesión a actividades más lúdicas y relajadas hará que les sea más fácil centrar la atención y que se vayan con emociones positivas que les motivarán a querer volver.

Stop...

Vale, hemos preparado una “súper actividad inicial” y ya tenemos a los estudiantes atentos y motivados, pero pasamos a la siguiente actividad y, tras un cuarto de hora, vuelven a distraerse. ¿A qué puede deberse? Una vez más, no hay respuestas únicas a esta pregunta, pero puede ayudarte el saber que diferentes estudios demuestran que la atención sostenida sólo puede mantenerse durante periodos de tiempo de máximo 15 minutos. “¡Y tan limitado que es este recurso!”- estará pensando más de alguno. Así es. Entonces, ¿qué nos sugiere este dato? Que deberíamos planificar nuestra clase en pequeños bloques de actividades que duren unos 10-15 minutos. Después de cada bloque, para facilitar el aprendizaje y optimizar los ciclos de atención, deberíamos invertir unos minutos en reflexionar sobre lo explicado o en descansar.

...or don’t stop!

¿A qué me refiero cuando digo descansar? Dado que hay estudios que han demostrado que el ejercicio físico supone un incremento de la actividad cerebral frontal y, por tanto, una mejora en tareas que requieren atención ejecutiva, ¿por qué no aprovechamos esos parones que hemos mencionado para que sean activos? Los podemos dedicar a estirarnos, bostezar (oxigena el cerebro), hacer sentadillas... A través del movimiento y de la risa, por qué no, estarás ayudando a liberar los neurotransmisores que intervienen en la atención y a enlazar con el siguiente bloque de estudio de una forma fluida.

Cambio

Como hemos visto, cualquier estudiante tiene dificultades para mantener la atención durante periodos de tiempo prolongados, por lo que el cambio siempre es bien recibido. Después de cada bloque de actividades, se puede cambiar la dinámica (que pasen a trabajar en parejas si la actividad que estaban haciendo era individual o que trabajen con un compañero diferente o en grupos si ya estaban trabajando en parejas, por ejemplo) y también el espacio (una actividad que requiera mayor concentración puede hacerse en las mesas y una más lúdica de pie o sentados en el suelo en otro rincón de la clase). Ir alternando los espacios y las dinámicas supone un pequeño “descanso mental” para los estudiantes que les ayudará también a redirigir su foco de atención hacia la siguiente tarea que han de realizar.

Por otro lado, también es interesante el cambio desde el punto de vista metodológico, es decir, evitar utilizar de forma continuada el mismo método (sobre todo si se trata del método tradicional de clase magistral). Optar por un enfoque ecléctico que incluya principios de diferentes metodologías, especialmente de las que fomentan el aprendizaje activo del alumno tendrá incidencias muy positivas en la atención de los estudiantes (trabajo cooperativo, aprendizaje basado en proyectos, etc.).

¿Y los alumnos con TDAH?

Si quieres saber más sobre el Trastorno del Déficit de Atención con/sin Hiperactividad, te recomiendo que leas esta otra entrada donde encontrarás estrategias para llevar a cabo con este tipo de alumnos. 

Todos estos trucos y consejos pueden ayudarte a que poco a poco tus alumnos y alumnas aprendan a ir gestionando su capacidad de mantener voluntariamente la atención. Espero que esta entrada te haya resultado de provecho y te ayude a comprender un poco mejor cómo funciona este recurso del que disponemos y que tan valioso resulta para el aprendizaje.


Fuentes:

- Bueno i Torrens D. (2017). Neurociència per educadors. Barcelona: Associació de Mestres Rosa Sensat
- Casafont, R. (2014) Viaje a tu cerebro emocional. Barcelona: Ediciones B.
- Forés, Anna (Coord.) (2015) Neuromitos en educación: el aprendizaje desde la neurociencia. Plataforma editorial.
- Gruber M. J., Gelman B. D., & Ranganath C. (2014): “States of curiosity modulate hippocampus-dependent learning via the dopaminergic circuit”. Neuron 84(2), 486-96.

domingo, 12 de marzo de 2017

Emociones y aprendizaje

 "Nuestro mayor recurso natural es la mente de nuestros niños". Walt Disney


Hace años que profesores y profesoras venimos escuchando la importancia que tienen los términos emoción e Inteligencia Emocional en nuestras aulas. Pero, ¿entendemos bien qué son las emociones y qué relación tienen con el aprendizaje? Con esta entrada pretendo hacer un pequeño recorrido por el mundo de las emociones y sus implicaciones educativas, resumiendo lo que hasta ahora he aprendido de los expertos en neuroeducación y psicología sobre este tema.

¿Qué son las emociones?

David Bueno i Torrens (2017) las define como “patrones de comportamiento que se desencadenan de forma automática y preconsciente ante cualquier situación que comporte un cambio en el statu quo del momento, especialmente si este cambio implica la existencia de posibles amenazas, con independencia del hecho de que sean físicas o sociales”.  Por tanto, las emociones son un mecanismo que la evolución nos ha dado para la supervivencia. Éstas tienen tres funciones básicas, que son la adaptativa, la social y la motivacional. Esto ya nos da una pista de la importancia que pueden tener en  el aprendizaje.

¿Cómo y dónde nacen las emociones?

Como ya hemos visto, el proceso emocional se inicia ante la percepción de un estímulo, el cual puede ser consciente o inconsciente. La emoción nos permite responder de manera ultrarrápida a posibles amenazas y surge en una parte del sistema límbico (también conocido como cerebro emocional, el cual compartimos con otros mamíferos) denominada “amígdala”.  En concreto tenemos dos amígdalas, que poseen una gran sensibilidad y lo que hacen es enviar señales para que actuemos.  Las amígdalas están más especializadas en las emociones negativas (ira y miedo).

Según el psicólogo Daniel J. Siegel (2013) existen dos rutas de transmisión de información a la amígdala. Una vía lenta por la que la información pasa primero por nuestra Corteza Prefrontal (parte del cerebro que nos distingue de otros animales, ya que en ella tienen lugares los procesos cognitivos más complejos) donde razonamos y reflexionamos sobre la información y después avisa a la amígdala de una forma más calmada y racional. Y por otro está la vía rápida, por la cual se esquiva la corteza y la información va directa a la amígdala haciendo que reaccionemos con algún impulso. Según estudios recientes, esta última vía es la que se activa con más facilidad en los adolescentes (lo cual nos ayuda a entender algunas de sus reacciones o el que a menudo estén “a la defensiva”, pues ya hemos dicho que la amígdala se especializa más en emociones negativas que nos protegen de las amenazas para poder sobrevivir).

¿Cuántas emociones existen?

Aunque no hay consenso sobre cuántas emociones básicas existen, podríamos resumirlas en seis: cuatro positivas (alegría, sorpresa/interés, ira y asco) y dos negativas (miedo y tristeza).



¿Es lo mismo emoción que sentimiento?

No. En su libro Viaje a tu cerebro emocional, Rosa Casafont (2014) hace la distinción entre emoción y sentimiento. Digamos que la emoción es innanta y universal y surge ante la percepción de un estímulo en la amígdala, mientras que el sentimiento es la valoración o la toma de conciencia de una emoción percibida, es decir, es la emoción procesada por la corteza.

¿Qué implicaciones tienen, pues, las emociones en el aprendizaje?

Como ya hemos visto, las emociones y la supervivencia están absolutamente conectadas. Esto quiere decir que el cerebro interpretará cualquier aprendizaje que despierte algún tipo de emoción como clave para la supervivencia (Bueno i Torrens 2017). Además, las emociones constituyen el pegamento del aprendizaje (Forés 2015), es decir, que cuando un estímulo nos genera una emoción, ésta crea un circuito neuronal y se queda grabada en nuestro cerebro, de manera que el circuito se activará cada vez que aparezca un elemento grabado en él y sentiré lo mismo que sentí la primera vez que se me presentó ese estímulo. Esto sucede con todas las emociones, tanto las positivas como las negativas. ¿No os ha sentado mal una comida alguna vez y que semanas después al volver a oler o ver un plato de la misma comida se os genere la emoción asco? El plato sería el estímulo que hace que se vuelva a activar el circuito para que se genere la emoción asco y no lo comas, ya que podría suponer un peligro para tu organismo. 

Por ello, si aprendemos a través del miedo (tal y como se hacía en nuestro país no hace tantos años y se sigue haciendo en muchos países asiáticos), ya sea al fracaso, al castigo, al ser aceptado, al equivocarnos, etc. nuestro cerebro asociará el aprender a la emoción de miedo y, por tanto, cuando la educación deje de ser obligatoria para el niño o niña, lo más probable es que huya de aprender cosas nuevas porque lo percibirá como un peligro o una amenaza. Esto hace que muera por completo nuestro interés por seguir aprendiendo, por seguir creciendo como personas. Todos sabemos lo incómodo y desagradable que resulta sentir miedo. ¿Quién puede aprender así?

Las investigaciones en neuroeducación demuestran que el proceso de aprendizaje es mucho más efectivo y rico cuando combinamos calidez humana, buen ánimo, cooperación y sorpresa (Forés 2015). Aunque es cierto que la alegría no es una emoción tan poderosa como el miedo, ésta hace que las personas sientan placer por aprender cosas nuevas y el placer también deja una huella muy importante en el cerebro (Bueno i Torrens 2017). Por tanto, es importante que los que nos dedicamos a la educación, nos esforcemos por crear climas agradables donde se cultive el estado de ánimo de nuestros estudiantes. Esto hará que el aprendizaje sea más significativo y que la creatividad fluya con naturalidad.

La emoción interés/sorpresa y su importancia en el aprendizaje

Tal y como dice Francisco Mora, experto en neuroeducación, los docentes excelentes son aquellos que son capaces de “convertir cualquier concepto, incluso de apariencia ‘sosa’, en algo interesante”, pues solo se puede aprender aquello que se ama, aquello que te dice algo nuevo, que resuena con lo que emocionalmente llevas dentro. Cuando esto sucede, los ojos brillan, resplandecen, se llenan de alegría, de sentido… ¡Eso es aprender! Y es que sin emoción, no hay curiosidad, no hay aprendizaje y, por tanto, no hay memoria.

Los neurocientíficos afirman que el hipocampo, otra de las estructuras del Sistema Límbico, relacionada con el aprendizaje y la memoria, se activa inmediatamente ante la novedad. Si tenemos en cuenta este hecho, resulta obvio que empezar la clase corrigiendo deberes o repasando contenidos como se suele hacer no será tan efectivo en el aprendizaje de nuestros alumnos y alumnas como empezar la sesión con materia desconocida o con algún elemento que despierte la curiosidad y la intriga, que genere el sentimiento de novedad, ese brillo en los ojos. También es importante el final de la clase, ya que es la que nos hace llevarnos un buen o un mal sabor de boca de lo vivido. Así que dedicar esta parte de la sesión a actividades más lúdicas y relajadas puede hacer que nuestros alumnos se vayan con emociones positivas que les motivará a querer volver. 

¿Y la Educación Emocional?

Como ya he mencionado en otras entradas, los primeros en hablar acerca de este concepto fueron John Mayer y Peter Salovey, pero su verdadero difusor fue Daniel Goleman. Para él la Inteligencia Emocional consiste en conocer nuestras propias emociones, gestionarlas eficazmente, motivarnos a nosotros mismos, reconocer las emociones de los demás y establecer relaciones positivas con otras personas.

Educarnos emocionalmente supone empezar a aprender a tratar con las emociones siendo consciente de ellas y modificándolas desde nuestro interior para poder pensar con claridad. Necesitamos aprender a crear más emociones adaptativas, fomentando así la tolerancia y evitando los comportamientos de riesgo. A veces podemos nombrarlas para dominarlas y ayudar así al equilibrio de la intensidad emocional de nuestro cerebro poniendo en palabras lo que sentimos. Decir el nombre de la emoción en nuestra mente nos puede ser  de gran ayuda. Hay estudios del cerebro que muestran cómo este proceso de atribuir nombres puede activar la corteza prefrontal y calmar la amígdala del Sistema Límbico.

La Educación Emocional es, por tanto, una gran herramienta educativa, imprescindible para el desarrollo de nuestros estudiantes y de nosotros mismos como personas, así como para la buena convivencia. Por ello, hemos de introducirla desde los primeros años de la infancia, pero sin olvidar la responsabilidad personal que tenemos como adultos o ciudadanos del mundo de educarnos a nosotros mismos primero para poder predicar con el ejemplo a nuestros niños y niñas.

Espero que este recorrido por el el mundo de las emociones y del aprendizaje te haya sido útil y te acerque más a tus estudiantes. No lo olvides, somos seres emocionales y sin emoción no hay aprendizaje.

Fuentes:
- Bueno i Torrens D. (2017). Neurociència per educadors. Barcelona: Associació de Mestres Rosa Sensat
- Casafont, R. (2014) Viaje a tu cerebro emocional. Barcelona: Ediciones B.
- Forés, Anna (Coord.) (2015) Neuromitos en educación: el aprendizaje desde la neurociencia (Plataforma editorial)
- Goleman, D., (1995) Emotional Intelligence, New York, NY, England: Bantam Books, Inc.
- Salovey, P., & Mayer, J. D. (1989). Emotional intelligence. Imagination, Cognition and Personality
- Siegel, D. (2013): The power and purpose of the teenage brain. New York, NY: Penguin