Educarte para valorarte

Educarte para valorarte

martes, 16 de agosto de 2016

Malaika

Hoy escribo desde lo mas profundo de mi corazón. Lo necesito. Ahora mismo soy un conjunto de emociones contenidas peleando entre sí por ser liberadas. Solo llevo una semana aquí, pero Kenia me tiene envuelto desde el primer segundo que puse un pie en ella. Nunca había experimentado tantas sensaciones nuevas en un periodo de tiempo tan corto. Muchas de ellas buenas y otras malas, por supuesto, pero todas igual de válidas. Sin embargo, el cansancio físico ha ido dando paso poco a poco a un sentimiento mucho más profundo y trágico que hacía tiempo que no tenía y que hoy me ha caído encima como si de un jarro de agua fría se tratase: el cansancio emocional. Hasta ahora he estado atrapado en una nube de emociones que en los últimos días ha acabado por explotarme en la cara justo cuando menos lo esperaba, cuando menos me hacía falta. Pero sé que es normal, soy humano y, realmente, soy un gran privilegiado por poder sentir lo que estoy sintiendo.


Me abro en canal públicamente porque quizás mis palabras, mis sentimientos, resuenen con el de otras personas y despierte en ellas esa chispa que me trajo a mí aquí, a Safisha Africa Welfare Foundation, una pequeña escuela en el corazón de los suburbios de Nairobi. Una escuela situada en un edificio que solía ser una casa, en un barrio empobrecido, con calles sin asfaltar, con gallinas y cabras que pastan en la basura, donde los niños te saludan por la calle con las sonrisas más bellas que jamás haya visto hasta ahora. Alice Muhonja, su creadora, es una súper mujer. No sé como se las apaña para conseguir emocionarme cada día. Toda su vida gira en torno a los 33 peques que estudian en Safisha. Tanto ella, como sus hijos, como Teacher Mary llevan a cabo una labor digna de admiración. Me quito el sombrero ante cada uno de ellos. En un principio, Alice lo hacía todo: limpiaba, cocinaba para los niños, les daba clases, gestionaba las donaciones, se encargaba de sus uniformes y un largo etcétera de tareas. 

En Kenia, la educación es privada (podéis imaginaros lo que eso quiere decir en un país donde la diferencia entre ricos y pobres es abismal) y muchos niños lo tienen difícil para acceder a ella. Figuraros pues, cómo puede serlo para niños que son huérfanos o que viven con madres solteras. Esos son nuestros niños. Por ello, Alice decidió emprender el proyecto de Safisha Africa Welfare Foundation con el objetivo de lograr una África "safisha", es decir, una África limpia, algo que solo puede lograrse a través de la educación. Los niños y niñas de Safisha Africa lo saben bien, pues Alice se encarga de transmitírselo cada día.
Estos niños son pequeños ángeles o, como se dice en suajili, malaika, no me cabe la menor duda. Cada día se levantan por la mañana ansiosos por ir al colegio y por aprender junto con sus "teachers", los cuales, van cambiando constantemente, dependiendo del volumen de voluntarios que haya y según el momento del año.Van caminando solos al colegio (sin importar su edad) y, una vez allí, todos te reciben con los brazos abiertos, te preguntan cómo estás y rezan su oración. A continuación, empiezan las clases. Los más peques (Educación Infantil) están con Teacher Mary, los de primaria en una clase improvisada situada en el exterior y los más mayores en una clase pequeñita. En meses como enero o febrero, debido a la falta de voluntarios y, por tanto, de recursos para pagar a profesores o incluso el alquiler del edificio, los niños más mayores van a clase aún sin tener profesor, con la esperanza de poder comer por lo menos un plato de arroz o de habichuelas.
Sin embargo, en medio de toda esta hostilidad, estos pequeños angelitos te sorprenden y te tocan el corazón con valores como su generosidad, respeto, agradecimiento y, sobre todo, resiliencia. Son las personas más resilientes que haya conocido nunca. No importa que en sus casas les den solo sal y pimienta para comer o que les peguen. Ellos te sonríen, te agradecen que estés ahí para ellos, viven el momento y ponen color y música a la vida. Me fascinan sus ansias por aprender, por desarrollar su potencial, por crecer como personas. Me conmueve su manera de cooperar, su manera de premiar a aquel que lo hace bien y de ayudar al que se ha equivocado, su sentimiento de pertenencia a una pequeña familia en la que cada miembro cuenta y es importante para los demás. Qué grandes maestros... La luz de sus miradas, el brillo de sus sonrisas... Me tienen atrapado.
Y aunque hoy es un día triste para mí, pues me he dado cuenta de que me es más difícil de lo que creía entender su mundo, un mundo totalmente ajeno al que estoy acostumbrado, quiero respetarlo. Quiero alimentar mi alegría con su energía porque sé que mi alegría es luz para quien me mira y, a ellos, les toca hacerlo durante todo este mes.
Asantesana malaika, asantesana por haberme cambiado para siempre.


domingo, 7 de agosto de 2016

El vuelo africano

"Creo que la única obligación que tiene el hombre en la tierra es realizar sus sueños. 
Y el mío, en esos momentos, estaba en el corazón de África." 
Javier Reverte

Los sueños son energía para continuar hacia delante. Nos mantienen vivos. Sin embargo, si no los perseguimos, pueden convertirse en cadenas que nos impiden volar. Es cierto que nos mantienen despiertos, pero pueden quedar relegados a ser eso, sueños.  ¿Por qué aún sintiendo ese deseo de volar permanecemos a menudo inmóviles, casi paralizados? Puede que uno de los motivos sea el hecho de que por aquellos sueños vagabundeamos con la mochila cargada de voluntad, esperanza, ilusión y confianza en la posibilidad de cambiar la realidad y que, cuando despertamos, nuestra mente nos encarcela entre muros inmóviles condenándonos a una de las más lentas, sutiles y demoledoras enfermedades, el miedo. ¿Qué tal si lo abrazamos y lo tratamos con cariño? Me niego a estar condenado eternamente a tan solo soñar. ¡Quiero volar!

Estoy seguro de que a todos nosotros nos han dicho más de una vez: "ten cuidado con  lo que deseas, porque puede hacerse realidad". Y cuando un sueño está a punto de cumplirse - a tan solo unas horas de hacerlo -  las emociones se hacen más reales que el propio sueño.

Así dibujaba África hace 9 años:


El vuelo africano

No tenía la menor idea de que unos años más tarde la vida me daría alas para emprender mi propio vuelo africano, para aterrizar en Safisha Africa Welfare Foundation, Nairobi.  Parto a Kenia con una mochila cargada de amor, ilusión, pasión y miedo, bastante miedo. Pero es que el miedo puede ser fascinante, sobre todo, cuando te empuja a romper con esas cadenas que mencionaba antes y, tímidamente, libera tus nuevas y torpes alas para alzar el vuelo. En ella también va la incertidumbre, el no saber qué esperar, qué me encontraré, qué viviré, a quién conoceré, pero ese es precisamente el combustible que me permite despegar hoy, a las 17:40 h rumbo a Nairobi.

Quiero agradecer a todo el mundo que ha depositado su confianza en mí y que ha creído en el proyecto en el que estaré inmerso durante los próximos 25 días. Sobre todo, quiero dar las gracias a Raisa, por acompañarme en este vuelo; a Aina, por ser mi fuente de inspiración; a Ana, por tener la generosidad de donar una parte de su infancia a los niños y niñas kenianos; a María Luisa Fernández, por ser una fuente de energía que me inspira y me da fuerzas para volar y cumplir mis sueños; a María Lemos, por todo lo que de ella he aprendido acerca de este continente; a Sarita, por dar vida al elefante Dida, quien está ansioso por conocer a sus nuevos amiguitos; a Laura, por contribuir a que los niños den color a sus vidas y, por último, a Conchita, María, Lucía, Ana y Carmen por vuestras aportaciones económicas, que contribuirán, sin duda, a mejorar las vidas de otras personas. 

Amigos, parto a Safisha Africa Welfare Foundation, un proyecto acorde con mis valores y mi sentir; un proyecto que lucha por que cada niño tenga el derecho a realizar su propio viaje, a soñar, a volar, a recibir una educación sin importar donde haya nacido. No todo en el mundo podía ser tan malo como nos lo venden. Volveré para contarlo.

Ahora...

¡A volar!


martes, 2 de agosto de 2016

Un verano especial

"Viajar es fatal para el prejuicio, la intolerancia y la estrechez de la mente. Una visión más amplia de las cosas no puede ser adquirida vegetando en una pequeña esquina del mundo durante toda la vida."  
Mark Twain
Siempre lo he tenido claro. Quiero dejar mi huella en la arena del tiempo. No quiero irme de este mundo sin haber vivido intensamente, con todos mis sentidos. No quiero dejar aquí arrepentimientos, sino el recuerdo de una persona que amó, que sintió, que persiguió sus sueños, que voló, que vivió. Siguiendo a mi corazón, coqueteando con mi intuición y esquivando las rutinas, este verano  decidí embarcarme en dos aventuras ligadas a mis dos pasiones: viajar y la educación. 

La primera parte del verano la he pasado en la Bahía de Monterrey, California (Estados Unidos) en un campamento de inglés con niños y niñas de entre 8 y 14 años de edad de nacionalidad española, vietnamita, francesa, taiwanesa y china. En todo momento me he sentido privilegiado de poder trabajar con niños procedentes de nacionalidades y culturas tan diferentes y he aprovechado cada segundo para enriquecerme con las pequeñas enseñanzas que escondía cada una de esas personitas. Jamás olvidaré el cariño y el sentido del humor de Paul (francés), la dulzura e inocencia de Bell (vietnamita) o la picardía de Irati (española). Es increíble la sabiduría que guardan dentro de sí los niños. 

Mi estancia en California me ha permitido observar que en Occidente estamos acortando la niñez a unos pasos gigantescos y cómo las nuevas tecnologías en el "primer mundo" (odio llamarlo así) nos desconectan cada vez más de nuestra esencia. Los niños y niñas europeos tan solo querían pasar las horas sentados delante de sus smartphones jugando a videojuegos, sacándose selfies para colgar en las redes sociales o hablando de Mujeres Hombres y Viceversa, Justin Bieber y otra serie de personajes "célebres" que, con todo mi respeto hacia ellos, para mí no representan más que una sociedad en decadencia. Mientras tanto, los niños de origen asiático, del mismo rango de edad, eran felices cuando jugabas con ellos a las cartas, al baloncesto o haciendo coreografías. Obviamente, no tendría ningún sentido culpar a los niños de esto. Sin embargo, sí es labor de los educadores (padres y docentes) tomar cartas en el asunto. Los franceses y españoles eran niños de 12 y 13 años que en lugar de actuar como pre-adolescentes, lo hacían como si ya tuviesen 17 y 18. Sus temas de conversación, sus aspiraciones y sus hábitos denotaban una falta de valores y atención por parte de sus padres enormes. Era frustrante ver cómo desperdiciaban la gran oportunidad de aprendizaje que tenían ante ellos al poder compartir con sus compañeros sus diferentes visiones del mundo, al mismo tiempo que experimentaban en su propia piel la cultura y vida estadounidenses, de las cuales podría escribir mucho también, pero no es la finalidad de este blog.

En el campamento hicimos actividades educativas, como llevar a los niños a una granja ecológica donde se les explicó su funcionamiento, fueron llevados en tractor y recolectaron ellos mismos fresas que después se comieron. Fue muy gratificante ver cómo todos aprendían sobre la naturaleza, el origen de lo que comemos y la importancia de evitar los químicos. Creo que esta actividad fue especialmente interesante debido a que durante todo este mes he observado que los llamados "nativos digitales" están muy desconectados de lo esencial. Las nuevas tecnologías les han hecho desconectarse de la naturaleza, crecer por adelantado, perder su creatividad e incluso empeorado su capacidad de atención. La gran facilidad con la que hoy en día podemos acceder a la sobre-información está generando daños que pueden convertirse en irreparables si no enseñamos a nuestros peques a racionalizarla. Está claro que la tecnología es algo que las nuevas generaciones llevan consigo desde que nacen y que nadar contracorriente carecería de sentido, ya que además son muchas las ventajas que tienen. No obstante, creo que es muy importante controlar cuánto tiempo pasan delante de los aparatos electrónicos, a qué tipo de información tienen acceso según la edad que tengan y también enseñarles a filtrarla. Estoy seguro de que el acortamiento de la niñez que mencionaba anteriormente en las sociedades europeas tiene lugar en parte debido a esta expansión de las nuevas tecnologías. Además, la mayoría de estos niños y niñas no sabían lo que significaba el verbo "aburrirse", por lo que no conocían tampoco el término "frustración". No somos conscientes de la gravedad que esto supone. Además, no me cabe duda de que el origen de todo ello son los hábitos que sus familias les inculcaron cuando eran más pequeños, como el de darle una tablet al niño para que esté callado mientras hacen la compra en el supermercado, cuando van en el coche o mientras toman café con sus amigos. 
Estudiantes recolectando fresas ecológicas.
En materia emocional, todas las culturas que allí convivíamos estábamos suspensas. Era más que evidente que con la mayoría de esos niños nunca se habían trabajado las emociones, especialmente con los chicos. Por tanto, trabajándolas con ellos cada vez que surgía una oportunidad fue lo que me permitió crear con ellos un vínculo muy bonito. Además, gracias a la sabiduría de estos pequeños aprendí que da igual cuál sea nuestra lengua materna o cuán bueno sea nuestro nivel de inglés, ya que las emociones constituyen un lenguaje universal, algo que nos hace a todos los seres humanos iguales, sin importar de qué rincón del mundo seamos. Todos sentimos alegría, miedo, tristeza e ira ante situaciones similares, a todos nos gusta sentirnos queridos y reconocidos. Me pregunto por qué, siendo todos tan iguales, nos empeñamos tanto en querer ser diferentes y mejores a los demás ("en España se come mejor que aquí"; "vuestros países parecen interesantes, pero como en California en ningún lado", "los vietnamitas son asiáticos salvajes"; "los chinos son unos imperialistas"...). El nacionalismo sirvió en el pasado para unir pueblos bajo una misma nación, para hacer de la identidad un aglutinante. Hoy, sin embargo, es un obstáculo para unir a los pueblos en una sola humanidad.  Hace tiempo que transcendí el concepto de nación, de fronteras, para pasar a sentirme un ciudadano más del mundo, del universo. Nada me hace mejor que a nadie y siempre defenderé que en la diversidad está la riqueza. Ya no es necesario hacer de la diferencia una barrera, sino todo lo contrario: ha de ser una relación para sumar. Espero poder hacer llegar esto a tantos niños como sea posible. 
Las emociones constituyen un lenguaje universal
Estas son tan solo algunas de las reflexiones que me llevo de este experiencia. Ha sido muy enriquecedor descifrar las enseñanzas que ocultaban estos niños y me siento agradecido hacia cada uno de sus corazoncitos, que ahora llevo conmigo para siempre. Espero que ellos hayan aprendido conmigo tanto como yo he aprendido de ellos y espero ver algún día en qué personas adultas se  han convertido. Ahora toca descansar unos días antes de emprender rumbo hacia mi próximo destino: Kenia. ¿Qué enseñanzas me deparará?